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Entre otros fenómenos, los algoritmos y el tipo de información que consumimos parecieran encerrarnos en una burbuja acrítica

La llegada de Internet, "el mundo de la información", la biblioteca abierta para todos, generó una enorme expectativa en torno a los alcances de conocimiento, que por primera vez, la humanidad tendría a su alcance. Sin embargo, las promesas de Internet se han ido desvaneciendo (aunque indudablemente también tiene muchas ventajas) en gran parte por el mundo de los algoritmos, entre otros fenómenos, ya que ello hace que la información a la que accedemos confirme (más que confrontar) nuestra manera de pensar.

A continuación algunos hechos que muestran cómo Internet, la manera en que funciona (y cómo lo usamos), podría estarnos haciendo menos críticos:

 

La información que generalmente encuentras sólo confirma tus opiniones

Por ejemplo, en Facebook el algoritmo privilegia la información de las personas con las que tienes mayor interacción, pero estas personas suelen ser más allegadas a ti, y generalmente tienen similitudes ideológicas. De este modo, cuando abres esta red social la información que te llega confirma tu tipo de pensamiento. Lo mismo ocurre con los medios de comunicación a los que les das like; usualmente, la información que te llega reafirma tu postura ideológica. Ahora, si tomamos en cuenta que la mayor parte de las personas utiliza las redes sociales como medio de información, ello se vuelve aún más evidente. Con los buscadores sucede algo similar ya que los resultados privilegiarán el tipo de textos que sueles leer, con una postura similar a la tuya. Evidentemente lo anterior no propicia el pensamiento crítico, pues la data que consumes no confronta tus opiniones con información inteligente desde otras posturas.

 

Entregamos nuestros datos y privacidad sin pensarlo

El magnetismo, sobre todo de las redes sociales, ha hecho que releguemos la cuestión de nuestra privacidad como si fuera un tema secundario. Se trata de una especie de atracción que nos invita a dejar de lado aspectos de la intimidad que antes cuidábamos mucho más. La normalidad con la que hemos adoptado las redes sociales ha provocado que seamos mucho menos críticos respecto de la información personal.

 

Consumimos más información social

La promesa de la información sin límites está siendo relegada por las horas que pasamos escudriñando la vida de nuestros amigos, sobre todo en redes sociales como Instagram y Facebook. Esto se convierte en una especie de adicción, sabemos más del viaje que hizo una persona no tan allegada que de análisis antropológicos o sociales (sólo por poner un ejemplo) que podrían generar una reflexión mucho más profunda.

 

Nos hemos hecho más narcisistas

Somos adictos a los likes y, de hecho, está comprobado que éstos generan la hormona de la recompensa en nuestro cerebro: dopamina. Pareciera que estamos obsesionados con conseguir la aprobación de los demás y con compartir (presumir) constantemente nuestras vidas.

 

Poco ejercicio e interacción social física

Pasar horas en Internet nos hace sedentarios, hace que abandonemos la interacción social en físico, y está mermando nuestra salud con efectos nocivos derivados de una mala postura o aumento del insomnio. Hacer ejercicio incrementa nuestra inteligencia y, por su parte, convivir con los demás fomenta nuestras habilidades de comunicación, empatía, intercambio, afecto.

 

Internet llegó tan rápido que no nos dimos el tiempo para ser críticos con la manera en que interactuamos con él y con cómo funciona. Todo apunta a que seguimos siendo la sociedad del espectáculo, sólo que lo sentimos distinto, ya que ello se encuentra disfrazado de acceso casi infinito a la información (pero una que nos podría estar haciendo mucho menos críticos) y, de hecho, quizá a esta época podría llamársele la era de la ignorancia.

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Aunque para muchos pueda parecer obvio el hecho de que vivir experiencias psicodélicas no garantiza que una persona evolucione significativamente, durante las últimas décadas esta premisa ha sido más popular de lo que imaginamos. En el último medio siglo más de un promotor psicodélico, incluyendo algunas mentes brillantes, han considerado la posibilidad de dosificar a una porción masiva de la población con alguna sustancia psicoactiva, por ejemplo LSD, con el fin de construir sociedades más evolucionadas. 

El documental Sunshine Makers narra la historia de Tim Scully, un activista psicodélico que a finales de los 70 se abocó a producir 750 millones de dósis de LSD. Sus motivos eran meramente ideológicos, o incluso ontológicos, pues Scully creía que esta cantidad de ácido distribuida entre la población ayudaría a salvar el mundo. La premisa era simple: si aseguramos que el grueso de la población experimente una reconexión con "la unidad", entonces se generará la conciencia suficiente para cambiar el juego a favor de la supervivencia –evitando la destrucción del mundo vía una guerra nuclear– y evolución del ser humano. 

En 1977 Scully fue encarcelado por su producción masiva de LSD y 3 años después, al salir de prisión, parecía bastante desilusionado ante su propia premisa. En una entrevista que le hizo el filósofo Peter Sjöstedt, Scully advirtió:

Creíamos que las experiencias trascendentales que aporta el LSD darían fin a la hipocresía humana y la falta de honestidad; creímos que terminarían con la discriminación en cualquiera de sus formatos y la destrucción del medio ambiente. Y creíamos que valía la pena asumir el riesgo en el intento de salvar el mundo. [...] Pero para 1970 la escena se oscureció bastante y era imposible no percatarte de que las personas se estaban comportando muy mal. El LSD no terminó con la deshonestidad ni la hipocresía. Fue cada vez más evidente que la gente podía tener intensas experiencias psicodélicas de unidad y seguir actuando igual de mal cuando "bajaba" de dichos estados. 

Tras estas reflexiones Scully dejaría de producir LSD, pero su experiencia se mantiene vigente hasta nuestros días, en los cuáles aún circulan discursos evolucionistas y pseudomísticos asociados a las experiencias psicodélicas y promovidos por grupos que son la némesis de un pulso conscientemente elevado. Aquí podríamos encontrar, entre otros, a los organizadores de múltiples festivales de música electrónica que, escudados bajo dicha retórica, se dedican a lucrar con la comercialización de estupefacientes y el marketing de experiencias trascendentales. Es muy probable que te hayas encontrado con estos grupos o incluso que tengas contacto o formes parte de alguno de ellos. El punto es que en lo que Scully definitivamente no se equivocaba es en que sería muy sano terminar con la hipocresía de este "movimiento".